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REBROTES, TURISMO Y LA MADRE QUE NOS PARIÓ

#rebrotes #actualidad #economía #turismo #ciencia

13/08/2020
 
Esta pandemia ha recalcado claramente que el sistema económico de un país no puede tener excesiva dependencia de la actividad turística.

Cuando la movilidad geográfica se restringe o se paraliza, cuando el temor a viajar por contraer una enfermedad puede causar graves consecuencias, incluso la muerte, el turismo se resquebraja como un frágil cristal porque la libertad de movimientos, el goce de vivir y tener nuevas experiencias se convierten en escenarios preocupantes, en sueños que se postergan porque nuestra salud nos obliga a tener, al menos, un mínimo de prudencia.

En el caso de España, el sector que más aporta a la economía y que genera casi tres millones de puestos de trabajo se tambalea, sucumbe con el cierre de fronteras, rebrotes internos, cuarentenas que carecen de argumentos sanitarios y que responden a motivaciones políticas, la brutal contracción de la demanda, la parálisis de los viajes, la ausencia de turistas extranjeros y su gasto turístico, algo así como 68,5 mil millones de euros que desaparecen de ipso facto.

Pero lo realmente disuasorio es la falta de contención que estamos teniendo ante la enfermedad. No podemos disociar la relación existente entre economía y crisis sanitaria así como su impacto a nivel social. Sin embargo, es evidente, que se ha efectuado un ejercicio (aunque demandado) de "lavado de manos" en favor de las comunidades autónomas aún bajo la observancia del Gobierno Central. Nadie querrá que en su municipio, localidad o pueblo se convierta en un foco de atención de las malas e incansables noticias entorno al Covid-19 pero lo cierto es que junto a este débil bostezo de la actividad turística se están sucediendo hechos que, desde luego, no fructifican en mantener un buen estado de ánimo, una cierta esperanza que nos permita ganar días al reloj mientras la ciencia avanza vertiginosamente hacia la resolución parcial o total del problema.

Concentraciones de jóvenes en botellones, reuniones de familiares y amigos sin tomar las medidas necesarias, toalllas a un milímetro de distancia, gente sin mascarillas a pesar de la norma, aforos sin respetar, DJ ebrio escupiendo alcohol sobre los asistentes, quedadas para contagiarse, etc., etc.

En apenas 30 días hemos multiplicado por diez el número de contagios en España.
Es evidente que estamos en regresión, que no damos un paso adelante para salir de esta crisis sin precedentes. Claro que la feria se cuenta según sea el barrio y mientras que en algunos destinos turísticos se vive una especie de espejismo que no hermetismo que espolea la actividad, en otros se vuelven a fases de confinamiento o se preparan hospitales con la ayuda del ejército.

Es un contraste difícil de digerir pero, sobre todo, atrofia la percepción del ciudadano ante realidades tan dispares y, sin embargo, tan estrechamente vinculadas.

El virus se beneficia de nuestra arrogancia y de nuestra falta de empatía aunque una niña con once años muera por Covid-19 sin tener previas patologías.

En mi opinión, en este difícil encaje de circunstancias, debe haber una correlación directa entre la dinámica que exige la economía y el cumplimiento de las disposiciones higiénico sanitarias.
Y esto, dejarlo a expensas de la responsabilidad individual resulta un ejercicio honesto pero no lo suficientemente práctico y garante, ya que una pequeña minoría puede desestabilizar todos nuestros esfuerzos.

No sabemos bien qué ocurrirá dentro de los próximos treinta días, cuando el aluvión de visitantes nacionales en determinados destinos regresen de sus vacaciones.

Lo que parece estar claro es que esta insuficiente velocidad de crucero que se inició con la apertura de la nueva normalidad no dará a la mayoría ni para salvar los muebles, que se presenta un otoño complicado con miles de puestos de trabajo perdidos, reducciones de plantilla, con previsiones aún muy inciertas para los próximos meses. Pero aún así, por nimia que sea esa velocidad de crucero dependiendo del barrio y la feria, no podrán volver a confinarnos, ralentizarnos más de lo que ya estamos. Es insostenible mantener un país sin producción, consumo y aumentando nuestro déficit presupuestario con ayudas, ertes, paro, prestaciones extraordinarias, etc.

Nuestra única esperanza radica en la vacuna.

Y, a pesar de los negacionistas y las múltiples hipótesis confabulistas, las tramas novelescas o el inflamable caldo de las redes sociales, todo apunta a que ya seis de ellas están en fase III y que, probablemente, mucho antes de lo esperado su distribución en masa sea posible (aunque la hija de Putin ya se la haya puesto). 😉

Nunca en la historia de la Humanidad la colaboración, la comunicación y el conocimiento ha sido tan especialmente intenso en la comunidad científica.

Mientras tanto podríamos hacer algo útil.
Las normas están para cumplirlas y los infractores deben ser sancionados. La buena fe no es un estímulo suficiente para que una sociedad renazca de tan duro golpe.
Necesitamos garantías, controles sanitarios en los aeropuertos de origen y destino (no cuestionarios irrelevantes), multas que frenen el coladero de impunidades, rastreadores que nos permitan detectar y reducir la propagación del virus, apoyo a la Atención Primaria, recursos hospitalarios, potenciar el teletrabajo con una legislación flexible y ordenada, digitalizar nuestras empresas, empoderar la labor de los servicios esenciales, apoyar tanto a centros educativos como a sus cuadros docentes, retomar la formación profesional como eje fundamental de nuestro tejido productivo, eliminar la desigualdad laboral y las barreras machistas, conciliar trabajo y familia en una realidad adversa que exige el compromiso de todos.

Empatizar, en fin, en una sociedad que ha cambiado y cuyas lecciones deben ser aprendidas en señal de progreso, de reflexiones profundas y actuaciones eficaces dentro de un ordenamiento jurídico que también deberá adaptarse a una compleja y diversa realidad.

No sólo se trata de recuperar los abrazos sino de mantenernos en una perpetua fase de escalada que nos aleje del fondo del abismo.



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